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Marks (1997) - La raza, teoría popular de la herencia

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Datar 2026-04-08 18:50:46

1 La raza, teoría popular de la herencia1 Un déficit de cultura histórica sigue sesgando el trabajo de muchosgenetistas Jonathan Marks2 Muchas personas están íntimamente persuadidas de que las clasificaciones que establecen los científicos para ordenar la naturaleza –especialmente las clases y las familias biológicas– son conceptos basados en hechos naturales. Pero con ello olvidan que la mayoría de las clasificaciones, incluidas las que los genetistas utilizan en su Programa de investigación sobre el genoma humano, están cargadas de cultura. Una de las ideas más firmemente ancladas en nuestra sociedad es que las razas representan categorías naturales de personas, una especie de lotes que para mayor comodidad se indican mediante un código de colores: negro, blanco, amarillo o rojo. Desde el nacimiento, cada uno de nosotros se integra a una u otra de estas categorías como si se tratara de una propiedad constitutiva innata. Detrás de esta noción se esconde la idea de que necesariamente se comparten más cosas con las personas de la propia categoría que con las demás. Examinemos más minuciosamente esta afirmación. A finales del siglo XIX, los primeros antropólogos, como Lewis Henry Morgan en Estados Unidos y Émile Durkheim en Francia, reconocieron que había un vínculo directo entre la manera de concebir el mundo y la manera de clasificarlo. Al fin y al cabo, así es como llegamos a dar sentido a la extraordinaria profusión de cosas a las que estamos expuestos. Esto es particularmente evidente en el caso de las relaciones sociales en el interior de una familia. Por ejemplo, damos el mismo nombre a cuatro personas diferentes: la hermana de nuestra madre, la hermana de nuestro padre, la mujer del hermano de nuestra madre y la mujer del hermano de nuestro padre. Todas ellas son tías nuestras. Pero ¿por qué tenemos que llamar de la misma manera a estas cuatro personas? La mujer del hermano de nuestra madre y la mujer del hermano de nuestro padre no están siquiera genéticamente ligadas a nosotros. La hermana de nuestra madre y la hermana de nuestro padre están ligadas genéticamente a nosotros pero pertenecen a lados opuestos de la familia. Ninguna excepto la hermana de nuestro padre lleva el mismo apellido que nosotros. Otras culturas utilizan un término específico para distinguir una tía del lado paterno de una tía del lado materno. También puede haber un término para los 1 Publicado en castellano en: Mundo Científico (185)-diciembre 1997 (pp. 1045-1051). Editado por la cátedra para uso interno de IESCA - UNTDF. 2 Jonathan Marks, es profesor de antropología de la Universidad de California(Berkeley) 2 parientes consanguíneos y otro para las esposas de estos parientes. Por tanto, imponemos un orden a nuestro universo social clasificando, poniendo a las personas juntas en grupos designados específicamente y formados de acuerdo con ciertos criterios: generación, sexo, lados paterno/ materno y vínculos genéticos. La manera como clasificamos a nuestros parientes, por tanto, no está basada en la naturaleza, no está determinada por la genética, sino que resulta una pura construcción de nuestra mente social que imponemos a la naturaleza para ayudarnos a organizar las cosas. ¿Cómo y cuándo se establecieron estas convenciones sociales? No lo sabemos. Algo sí sabemos sobre el proceso que nos ha llevado a clasificar las especies. La lógica es la misma. En la Biblia, los hebreos clasificaban a los animales3 . Esta clasificación permitía decir qué era impuro o impuro, qué era comestible y qué no. Dos criterios les ayudaban a clasificar: el hábitat del animal y su modo de locomoción. A partir de ahí, establecieron una división fundamental entre animales que vuelan, que nadan, que caminan y que reptan. Esta manera de clasificar las especies animales todavía persiste, si bien no coincide del todo con nuestras categorías modernas: por ejemplo, el murciélago se clasifica con las aves, mientras que las lagartijas y los ratones figuran en un mismo grupo. Pero nuestras clasificaciones científicas también codifican informaciones culturales. Estamos clasificados como “mamíferos” desde la décima edición del “Sistema de la naturaleza” de Linneo (1758), mientras que anteriormente éramos clasificados como “cuadrúpedos” por los naturalistas (incluido el propio Linneo). Otros decidieron privilegiar características distintas de la lactancia, por ejemplo la presencia de cabellos, y nos llamaron “Pilosa”. Fundar y nombrar nuestro grupo sobre la base de la lactancia fue una toma de postura política del sueco Linneo. Hay que situarlo en su contexto: un ataque en regla contra el uso de nodrizas, en una época en que muchos ricos y burgueses enviaban a sus hijos al campo para ser amamantados. Al llamar a nuestro grupo “mamíferos”, Linneo defendía la idea de que la función natural de la madre es la alimentación de sus propios hijos, cosa que toda familia debería hacer. Así, lo que para el estudiante medio de biología es un hecho natural –a saber, que por esencia somos una especie que amamanta- es en realidad un hecho histórico, una postura política del siglo XVIII. Sin duda, los mamíferos constituyen un grupo natural que puede definirse por la lactancia. Pero tener propiedades naturales no basta para producir una categoría objetiva. No es evidente que la lactancia sea nuestra característica esencial, como tampoco es evidente que poseer un solo hueso en la mandíbula inferior (propiedad de todos los mamíferos y sólo de 3 Levítico, capítulo XI y Deuterunomio, capítulo XIV. 3 ellos) sea la característica que nos convierta en “un-hueso-en-la-mandíbula-feros”. Estas clasificaciones rebasan el marco estrictamente natural. Resumamos:  con las clasificaciones damos sentido a nuestro lugar en el Universo.  nuestras clasificaciones no necesariamente derivan de hechos naturales.  aunque deriven de ellos, contienen también códigos culturales. Más aún, cuando las cosas no están naturalmente organizadas, siempre acabamos por producir orden. Por ejemplo, el tiempo es continuo, pero nosotros lo dividimos en horas de 60 minutos, en días y noches de 12 horas y en semanas de 7 días, conjuntos de convenciones puramente arbitrarias heredadas de la antigua Babilonia. La paradoja consiste en que las clasificaciones más arbitrarias y menos esenciales parecen ser las que más cuentan para nosotros. Las categorías humanas definidas por la naturaleza no determinan nuestro comportamiento frente a sus miembros, salvo tal vez de un modo muy sutil. Sabemos que hay personas bajas y personas altas, personas con dientes rectos y otras con dientes desviados, hombres delgados, musculosos o rechonchos, pecosos o más o menos peludos. Estas diferencias naturales, sin embargo, no nos parecen importantes. ¿Qué es lo importante para nosotros? Es ser español, norteamericano o irakí. Nazi, comunista, demócrata o republicano. Rico o pobre. Nosotros o Ellos. Las categorías definidas por la historia y la sociedad. Las categorías de la invención humana son mucho más importantes para nuestra vida cotidiana que los gradientes naturales presentes en el género humano. Es cierto que no todos los hombres tienen el mismo aspecto. Pero los que más se detestan son en general los que son biológicamente más próximos –irlandeses e ingleses, hutus y tutsis, árabes e israelíes, hurones e iroqueses, bosnios, croatas y serbios-. Los signos distintivos intergrupales, las animosidades, las luchas a muerte tienen su origen en diferencias económicas, políticas, sociales y culturales, no en la diferencia biológica. Esta última, claro está, puede utilizarse para reforzarlas: el “Mal” parece entonces como una consecuencia de la naturaleza. Pero en realidad la naturaleza no es su causa. ¿A cuándo se remonta la idea de que hay, digamos, cuatro tipos de hombres, cada uno localizado en un continente distinto? El viajero y médico francés François Bernier fue el primero en sugerirlo en 1684. Pero ya en la Antigüedad, los egipcios y los griegos habían constatado que las personas oriundas de distintos lugares no 4 tenían el mismo aspecto, que los egipcios tenían la piel más oscura que los griegos y menos que los nubios, y que todos tenían la piel más clara que los escitas. En aquella época, como los largos periplos se efectuaban por tierra, las diferencias físicas entre pueblos vecinos parecían sutiles y graduales. Pero a fines del siglo XVII la mayoría de las tierras habían sido visitadas por los europeos en barco. Se embarcaban en un lugar donde la gente tenía un cierto aspecto físico y se desembarcaba semanas más tarde en un puerto cuyos habitantes eran notablemente diferentes. El fenómeno quedó acentuado por la construcción de puertos en los lugares más diversos y más lejanos, en África occidental y Asia oriental. Fue una vez más Linneo quien, en 1758, formalizó científicamente las diferencias entre las poblaciones continentales. El orden de los primates (que Linneo inventó) comprendía varios géneros, entre los cuales nuestro género Homo, según creía Linneo, comprendía dos especies, Homo sapiens (nosotros) y Homo nocturnus (los chimpancés). Pero, ¿cuántas subespecies comprendía Homo sapiens? El naturalista decidió que había cinco: Homo sapiens monstruosus, que comprendía las personas afectadas por malformaciones congénitas, y cuatro tipos “geogr{ficos”: los europeos blancos, los asi{ticos amarillos, los americanos rojos y los africanos negros. Como científico objetivo que era, Linneo sostenía que aplicaba a los grupos humanos las mismas reglas que a cualquier otra especie. Hay que reconocer que las características reconocidas por Linneo para distinguir las subespecies geográficas eran ridículas generalizaciones, en general producto de la pura calumnia y separadas de todo atributo biológico. Por ejemplo, Homo sapiens americanus era rojo, impasible y dotado de mal carácter. Tras una brutal descripción del aspecto y personalidad de cada uno de los cuatro tipos, Linneo describe el atuendo y el modo de gobierno: los americanos peinan su cuerpo, los europeos llevan vestidos ajustados, los asiáticos visten ropas anchas y los africanos se untan de grasa. Estas clases están respectivamente gobernadas por: la costumbre (los americanos), la ley (los europeos), la opinión (los asiáticos) y el capricho (los africanos). Pero fue precisamente en aquella época cuando la idea de una división entre cuatro tipos fundamentales se hizo científica. La generación de sabios inmediatamente posterior a Linneo abandonó el atuendo como criterio taxonómico. Hubo que esperar a mediados del siglo XX para que ciertos antropólogos, entre los que se destaca el angloamericano Ashley Montagu, empezaran a poner en entredicho la base empírica de la generalización a escala continental de las especies humanas. Sabemos hoy que las subespecies del siglo XVIII no son ni las divisiones discretas fundamentales de nuestra especie ni siquiera subdivisiones biológicas. Tal fue la principal ilusión introducida por Linneo: la 5 legitimación científica de una división de los hombres en un pequeño número de grandes grupos discretos y homogéneos. La especie humana no puede subdividirse y compartimentarse como las subespecies zoológicas. Lo que observamos son más bien poblaciones locales que se parecen a las poblaciones más próximas y difieren de las que están alejadas geográficamente. No hay cuatro tipos humanos como tampoco hay cinco, seis, doce o treinta y siete. Consideremos a varias personas oriundas de regiones muy alejadas: por ejemplo, Noruega, Nigeria y Vietnam. Es evidente que no se parecen en absoluto. Pero ¿qué significan estas desemejanzas? Hace varios siglos se creía que estas personas eran los hijos de Noé que se habían desperdigado por toda la tierra y luego se habían multiplicado. Pero actualmente no hay razón para creer que hayan vivido alguna vez hombres sólo cerca de Oslo, Lagos y Saigón. Tampoco hay razón para creer que las personas más extremas representen la pureza primordial. Por lo que sabemos, siempre ha habido pueblos en el resto del Viejo Mundo. Por tanto, es fácil criticar la clasificación de Linneo. La mayoría de los habitantes de Asia del Sur, de la India o de Pakistán son de complexión oscura como los africanos, se parecen a los europeos por los rasgos faciales y viven en Asia. ¿Dónde situar a estos personajes? Y si se clasifican en un grupo aparte, ¿qué hacer con los que se distinguen de todos los demás: polinesios, habitantes de Nueva Guinea, aborígenes australianos, africanos del Norte? La clasificación de los humanos en un pequeño número de grupos fundamentales es en gran medida el producto de la historia europea: está estrechamente asociada a la existencia de puertos de escala para la flota mercante y a un flujo masivo de inmigrantes, precisamente a partir de estos puertos, procedentes de Europa y sus colonias americanas. La división de las poblaciones en un pequeño número de grupos discretos da origen a asociaciones y divisiones de las poblaciones arbitrarias y no naturales. África, por ejemplo, cuenta en su territorio con personas altas y estilizadas en Kenya (los nilóticos), hombres pequeños en Zaire (los pigmeos) y otros en Sudáfrica lo bastante alejados de nuestros estereotipos físicos africanos como para que en el pasado se pensara en eventuales antepasados procedentes del Sudeste asiático. En África hay poblaciones con rasgos faciales, morfologías y colores de la piel muy variables. Por lo que sabemos, todos son biológicamente diferentes, todos son indígenas; establecer una sola categoría (africano/negro/negroide) para englobarlos todos es una reducción arbitraria de la diversidad humana, una reducción en absoluto dictada por la naturaleza. ¿Por qué poner juntas todas las poblaciones africanas frente a los europeos y los asiáticos? Respuesta: porque políticamente es una oposición, una diferencia que deseamos subrayar. Además, reunir todos los 6 pueblos de África en una sola entidad y separarlos de los pueblos de Europa y el Próximo Oriente (europeo/blanco/caucasoide) impone una distinción excesivamente artificial entre las poblaciones fronterizas de cada grupo. En realidad, los “africanos” de Somalia se parecen mucho más a los habitantes de Arabia Saudí o de Irán –países próximos a Somalia- que a los habitantes de Ghana, en la costa occidental africana. Los iraníes y los saudíes, a su vez, son más parecidos a los somalíes que a los noruegos. Por ello, asociar los ghaneanos y los somalíes de una parte y los saudíes y los noruegos de otra, engendra un modelo artificial que contradicen los estudios empíricos de biología humana. El género humano presenta naturalmente variaciones graduales y nosotros lo dividimos en razas, a semejanza del tiempo que es continuo pero nosotros lo dividimos en horas, semanas y minutos claramente diferenciados. Tanto si se observan los organismos como si se muestrean los genes, los resultados concuerdan: la gente se parece a la que le es próxima geográficamente y difiere de la que le es lejana. Se dice que esta estructura es “clinal”, donde por “cline” se entiende un gradiente geográfico de una característica biológica particular: piel, cabellos, rostro, morfología, etc. En los hombres, las diferencias biológicas son completadas y exageradas por las diferencias lingüísticas, comportamentales, vestimentarias y demás componentes del flujo histórico acumulativo que llamamos “cultura”. A veces, las diferencias biológicas son sutiles, como las que tienen que ver con el esqueleto de las poblaciones, aunque sean las más distantes. Disponiendo de varios cráneos procedentes de regiones distintas, un antropólogo experimentado y competente puede identificar, clasificar y situar en su contexto un nuevo cráneo oriundo de una de estas regiones. Pero si el cráneo en cuestión procede de una región todavía no inventariada o de una época diferente, su tarea es mucho más difícil. El que los huesos puedan distribuirse en categorías no significa en modo alguno que dichas categorías representen las divisiones fundamentales de la especie humana. Un niño al que se pide que clasifique cubos de diferentes tamaños en “grandes” y “pequeños” no tendr{ ninguna dificultad en ordenar los cubos y podrá repetir la operación varias veces. Lo cual no significa que haya dos clases de cubos en el Universo. Esta diferencia muestra simplemente que nos es mucho más fácil ver las diferencias que los gradientes. 7 En realidad, nuestros arquetipos raciales no describen antepasados puros, sino que son representaciones simbólicas de pueblos situados en los extremos biológicos. En tal contexto, hay que advertir que Linneo, el padre de la clasificación biológica, definía los europeos como personas rubias de ojos azules. Las personas que poseen estas características son los europeos más extremos y no los europeos, ni los más representativos de Europa. Hay que decir que Linneo era sueco. Desde el siglo XVIII los marinos europeos demostraron sin ambigüedad que todas las poblaciones humanas conocidas eran interfecundas, por lo que biológicamente, y pese a las apariencias, formaban un solo grupo taxonómico. Para conciliar estas diferencias aparentes con la idea de un acto creador único, los científicos europeos del siglo XVIII –como el conde de Buffón– se vieron inducidos a formular las primeras teorías de la microevolución. En América, en cambio, las teorías que defendían el origen múltiple de los distintos pueblos se impusieron hasta la guerra de Secesión. Partiendo de un principio de separación biológica original, los científicos utilizaron estas teorías ara justificar el sometimiento de los no blancos. En los años 1920, los genetistas todavía polemizaban acerca de si “el cruce” entre razas al parecer tan profundamente diferentes podía ser peligroso. Pero genéticamente estas diferencias no eran tan considerables y los cruces entre poblaciones nunca produjeron efectos nefastos. La raza fue concebida para significar una subdivisión discreta fundamental de la especie humana como la que existe entre los ratones: en teoría se debían observar pocas variaciones dentro de cada subgrupo y diferencias muy marcadas entre ellos. Ahora bien, entre los hombres estas diferencias no existen ¿Por qué? A causa del proceso de microevolución. Está en primer lugar la selección natural. Las poblaciones se adaptan a los medios en que viven. Ahora bien, la geografía y el clima varían de manera continua. Es de esperar, pues, que también las adaptaciones de la especie varíen gradualmente. Además, las poblaciones humanas se mezclan con sus vecinas, que hacen lo mismo con las suyas, y también, claro está, con personas más alejadas geográficamente. A largo plazo, estas mezclas de proximidad refuerzan la naturaleza gradual de las diferencias biológicas entre poblaciones. Pero los mestizajes existen también a escala planetaria. Todas las poblaciones humanas comercian y allí donde van las mercancías también van los genes. El “asilamiento” de los pueblos indígenas tradicionales es una característica que ha sido constantemente sobre estimada en la historia de la antropología y sigue siendo una de las grandes marcas de etnocentrismo de nuestra ciencia moderna. No sabemos ni de lejos cuándo aparecieron los gradientes, pero la 8 paleontología y la genética indican que la diversidad observada hoy dentro de nuestra especie es reciente. Dos gorilas o dos chimpancés tomados al azar están considerablemente más alejados genéticamente que dos seres humanos tomados al azar. Sin embargo, los chimpancés, los gorilas y los hombres se separaron hace unos 7 millones de años, por lo que los tres tienen la misma edad. La diversidad genética de la especie humana es sorprendentemente débil. Las distinciones entre los grupos humanos se establecen en gran medida más sobre la base de la diversidad cultural que sobre la diversidad genética. Todo ello explica por qué los antropólogos no hablan ya de razas sino de poblaciones. Hablamos de grupos locales cambiantes, de unidades bioculturales. Son ellos los que existen en la n...

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